Reconquista

RECONQUISTA
La conservación de una parte de la documentación generada desde la Reconquista hasta nuestros días (a pesar de la desaparición de buena parte de la misma durante la Guerra Civil), supone un cambio cualitativo y cuantitativo en el tipo de información disponible.
No existen referencias concretas a la conquista cristiana de Molinos, debiéndonos basar en la documentación existente sobre otras localidades de este territorio. Tras la conquista aragonesa de Zaragoza (1118), el Bajo Aragón pasa a ser uno de los sectores de expansión natural de este reino, iniciándose poco después un período de conflictos generalizados en la zona, caracterizado por las tentativas aragonesas de conquista y las almorávides de defensa. En 1157 la zona debió quedar bajo control definitivamente cristiano, siendo incorporado el actual territorio de Molinos a la Villa de Alcañiz; pero la cercanía de los aún poderosos estados musulmanes (que controlarán durante ochenta años más las actuales tierras de la provincia de Castellón), darán a la misma un carácter de “extremadura”, imponiéndose la necesidad de repoblarla para fijar el control aragonés. La conquista de Valencia por los almohades (nueva oleada africana que podríamos catalogar como “integrista”) en 1171, debió de incrementar sensiblemente ese temor, lo que llevará a un reforzamiento de todas las fronteras del flanco sur aragonés. En ese contexto se concederá el castrum de Alcañiz ala Orden de Calatrava (1179), de origen castellano. En 1209 Pedro II donará Molinos, con sus términos y derechos, para que lo repueble y defienda.
A finales del siglo XIII, la Orden Militar de Calatrava llegará a controlar la mayor parte del Bajo Aragón turolense, que compartirá con otras órdenes militares (las del Temple y Hospital de San Juan), con la Mitra de Zaragoza y con diversa nobleza laica, todo ello dentro de los parámetros de una sociedad feudal.
El señor feudal extraerá una serie de excedentes productivos generados por el campesinado. Para ello dispondrá de una serie de medios de captura de ese excedente, aplicándose unos directamente sobre la producción agrícola (diez de molinos de harina y aceite, hornos de pan, etc.). Pero, para que el sistema funcione realmente, es necesario acaparar productos no perecederos a muy corto plazo (harina, vino, aceite, lana…) y potencialmente comercializables. Por ello, es posible que los señores feudales orientasen la producción agrícola hacia aquellos bienes que les permitieran perpetuar su control, quedando en un segundo término muchos de los productos hortofrutícolas que debieron de cultivar las anteriores comunidades andalusíes.
Esta nueva caracterización agraria, basada en la puesta en cultivo de la mayor cantidad de tierras posibles, priorizándose los cereales, la vid y el olivo, se iniciará con las primeras repoblaciones que siguen a la conquista del territorio y que podrían corresponder a los años 60 del siglo XII, completándose bien avanzado el siglo XIII. La roturación se vería favorecida por disposiciones como la del “año y día” (la posesión de bienes inmuebles indiscutida durante ese plazo se transforma en propiedad), testimoniada en Alcañiz desde 1190 y posiblemente vigente también en Molinos; o como las tomadas para repoblar la cercana Monroyo (adscrita también a la Orden de Calatrava), otorgándose a cada poblador unas 24 cahizadas de tierra (12 ha.).
No disponemos de datos directos sobre el uso de las tierras en Molinos, pero se podrían extrapolar los obtenidos en Castellote, tomando como referencia la citas documentales a 136 piezas de tierra; el 40,4% de las mismas se destinaban a cereales, el 43,3% a viñas, el 8,8% son huertos y el 7,3% olivares. Este último cultivo ira ganando importancia, especialmente a partir del siglo XV.
Dentro del cereal, destacará la producción de trigo, según un documento de 1324 sobre los diezmos de Castelserás (Orden de Calatrava), en el que aparece un 61,5%, frente al 19,3% de ordio, el 13,4% de centeno y mixtura y el 5,6% de avena. El rendimiento será bajo, calculándose en torno a 4,2 semillas por cada una plantada para trigo, 5,7 x 1 para ordio y 2 I x 1 para avena. Los productos cultivados se caracterizan, como indica Laliena, por la complementariedad de sus ciclos, completando todo el calendario agrícola: laboreo invernal para la vid y en primavera para el olivo; cosecha de grano en junio-agosto, del azafrán, (producto en auge en el primer tercio del siglo XIV) entre septiembre y mediados de octubre; vendimia por esas mismas fechas y recogida de la aceituna a partir de San Martín de noviembre; paralelamente, durante el otoño se sembrarán los cereales.
La ganadería también tendrá una gran importancia, especialmente a partir de los siglos XIII y XIV. La Orden de Calatrava se reservará grandes espacios para pastos entre sus señoríos bajoaragoneses, e incluso destinará algunos espacios agrícolas para cereales forrajeros en Calaceite. Estos pastos serán fuente de constantes conflictos entre la Orden y los concejos.
La presión fiscal a la que se encontraban sometidos los campesinos era enorme. Se debían pagar pechas (cantidad anual a repartir entre los vecinos de la aldea), cenas (de cuantía inferior a las anteriores, unos 500 sueldos para Molinos en 1285), tasas derivadas de la utilización de molinos (el 4,16% de la harina) y hornos (el 3,33% de los panes cocidos), imposición y percepción de multas judiciales, la fonsadera (pago de redención de los servicios en hueste), los diezmos (generalmente menos del 10% de la producción) y las primicias (3 a 4% de la producción), además de otras tributaciones de carácter excepcional.
La deforestación alcanzó tales proporciones que fue necesario dictar severas estricciones.
Los procesos erosivos asociados a ésta y el agotamiento de los suelos menos aptos para la agricultura completarán el panorama, cuyas consecuencias serán nefastas. La expansión roturadora debió de cesar durante la segunda mitad del siglo XIII, momento en el que la práctica totalidad de las tierras cultivables debían de estar en explotación.
Aunque la recesión económica en el Bajo Aragón pudo iniciarse ya hacia el año 1300, hasta los años 30 del siglo XIV no se debió de manifestar en toda su crudeza. En los años 1335, 1336, 1337, 1339, 1340 y 1347 se producirán cosechas netamente deficitarias en toda la cuenca mediterránea, con las consecuentes grandes hambrunas, lo que agravará aún más el paulatino empobrecimiento y endeudamiento que se registra desde finales del siglo XIII. En 1348-49 se producirá la gran epidemia de Peste Negra, cuya incidencia es de difícil cuantificación; nuevas epidemias se manifestarán en 137 1-72 y en 1410. En ese contexto de hambre y empobrecimiento, la Guerra de los Pedros con Castilla agravará un más la situación, multiplicándose los impuestos. Esta situación desencadenará oleadas de violencia rural, con frecuentes asaltos entre pueblos vecinos, como el que efectúan los de Ejulve a Montoro de Mezquita en 1277, robando bueyes y cabras y destrozando los molinos, además de otros daños. La desmedida presión señorial también generará numerosas revueltas.

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