Neolítico

NEOLITICO
La primera fase de ocupación generalizada de Molinos se remonta al período Neolítico / Eneolítico. La aparición de una nueva forma económica productora supondrá un notable aumento demográfico en este territorio. No obstante, la implantación de la agricultura y la ganadería no supondrá, en los primeros momentos, la desaparición de la caza y la recolección, que debieron de mantener un papel importante. Se conocen en Molinos un buen número de yacimientos correspondientes a ese momento, si bien ello no debe de interpretarse como una elevada densidad de hábitat, dada la inestabilidad de los asentamientos, el largo período de tiempo que comprende esta fase (de mil a dos mil años) y la posible especialización de algunos de los enclaves. En conjunto, las áreas prospectadas semi-intensivamente presentan una densidad de 4,81 hallazgos/km2.
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La mayor ocupación parece centrarse en torno a Ia vega del Guadalopillo (9,42 hall./km2), lo cual no corresponde, necesariamente, a una explotación agrícola de los rellenos de fondo de valle. No hay que olvidar las limitaciones tecnológicas de estos grupos humanos, que técnicamente dispondrían de un instrumental muy precario para labrar la tierra; con él sería complicado configurar complejos sistemas de drenaje y remover la tierra (más pesada que la de las áreas colindantes). Parece más factible que estos asentamientos explotasen los rebordes de los mencionados rellenos (con escasos problemas de drenaje) y los suelos que pudieron existir sobre los materiales terciarios; estos últimos estarían bien drenados (dada su pendiente) y serían mucho más fértiles que en la actualidad (al poseer una cubierta vegetal más o menos estable). Alguno de los yacimientos tiene una amplia dispersión de materiales (como el de Azcón-Guadalopillo con 3,25 Ha.) lo que puede ser debido tanto a la importancia del enclave (confluencia de dos cursos permanentes de agua), como a las alteraciones postdeposicionales (erosión y abancalamiento) que ampliarían el área de dispersión de los materiales. La ocupación en las pequeñas hoyas interiores sería sensiblemente inferior, según se deduce de Ia densidad de hallazgos (2,24 hall./km2), lo que estarla en función de una menor cantidad de recursos (tierras menos fértiles). También se tiene constancia de Ia presencia de estos grupos en las altas parameras y en los encajados barrancos de la Sierra, aunque la densidad debió de ser algo menor, al igual que los recursos potenciales.
Los asentamientos de estos grupos serían, fundamentalmente, al aire libre, aunque también debieron de ocupar algunas cuevas (Las Baticambras). Seguramente construirían cabañas con materiales poco resistentes (madera, barro y algunas piedras); estos hábitats serían ocupados durante un corto período de tiempo, en función del grado de agotamiento de los recursos. La tecnología disponible permitía, además de la talla y pulimento de la piedra, hueso y madera, la producción de recipientes cerámicos. También se han encontrado algunos enterramientos de este momento, para los cuales, en lugar de construir sepulcros megalíticos (tan extendidos en ese momento en otros territorios peninsulares y en buena parte de Europa), se ocuparán diversas cuevas naturales, como Las Baticambras y Las Graderas (Grutas de Cristal); en ese mundo subterráneo, presidido por las tinieblas permanentes, se inhumaron varios individuos con su correspondiente ajuar funerario: raspadores de sílex, cerámicas de diversos tipos (desde grandes recipientes de almacenaje, de gruesas paredes decoradas con cordones, a vasos de pequeño tamaño, cuidadosamente acabados con alisados y espatulados) e instrumentos de hueso, además de otros posibles productos perecederos de los cuales no nos ha llegado ninguna muestra (alimentos contenidos en los recipientes, objetos de tejido o madera, etc.). Tras más de cuatro mil años de oscuridad, cinco de estos hombres fueron descubiertos en el curso de unas excavaciones arqueológicas efectuadas en los años 60.
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La rudimentaria agricultura practicada por estos grupos, solo afectaría directamente a los horizontes superficiales del suelo; pero el impacto generado por la misma sobre unos ecosistemas vírgenes debió de ser notable. La roturación (por tala o incendio) y la remoción superficial del terreno, favorecerían los procesos erosivos, con la consiguiente pérdida de suelo.
Pudo ser en este momento cuando se desencadenase el primer impacto ecológico, cuya intensidad desconocemos por el momento. En estas primeras fases de explotación del territorio se empezarían a fijar algunos de los principales rasgos de los ecosistemas mediterráneos actuales: extrema fragilidad a corto plazo, escasa estabilidad, considerable diversidad y parcelación (fruto de su desigual utilización por el hombre en el espacio y en el tiempo), gran resistencia a la acción humana (fuego, roturaciones,…) y elevado poder de regeneración.


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