Hierro

EDAD DE HIERRO
El período mejor representado en Molinos es el correspondiente a la Primera Edad del Hierro (Campos de Urnas del Hierro). En ese momento y durante un lapsus de tiempo relativamente corto (los dos siglos comprendidos entre el 700-500 a.C.) se desarrollará una compleja red de poblamiento y explotación del territorio, cuyas raíces hay que buscarlas en el Bronce Final (Campos de Urnas Antiguos) y en los primeros contactos protocoloniales; Estos últimos se desarrollarán en las cercanas tierras costeras castellonenses y área circundante a la desembocadura del Ebro (como el río Matarraña, en el Bajo Aragón). Alguno de estos yacimientos podrían tener su origen y principal desarrollo en el Bronce Final, siendo menos importante la ocupación del Hierro I o restringida a los primeros momentos de este período. La intensidad de la ocupación del Hierro en Molinos es tal que el 52,2 % de los yacimientos localizados en las hoyas interiores corresponden a este momento, porcentaje que desciende al 27,3 % en la vega del Guadalopillo debido a la importancia de hábitat registrado en otros momentos (eneolítico, visigodo y musulmán). Estas cifras son muy elevadas si las comparamos con la media aragonesa (12,4%) o con las de las comarcas colindantes del Maestrazgo (11,9%) y Cuencas Mineras (11,6%), aunque no tanto si se las compara con el Bajo Aragón (23,2%). La densidad de yacimientos es igualmente espectacular, oscilando generalmente entre 4,34 (Vega) y 5,37 (hoyas interiores) hall./km2, con máximos de 6,67 hall./km2 en la zona de Santa Bárbara. La magnitud de estas cifras no es atribuible, como en el caso de Eneolítico, a la escasa estabilidad de los asentamientos. Estos se encuentran inmersos dentro de una economía plenamente sedentaria y sus potentes estructuras (presentes en buena parte de ellos) nos obligan a pensar que se trataba de establecimientos permanentes, en cuya construcción se invirtieron no pocos esfuerzos.
El tamaño de los emplazamientos es igualmente variable, oscilando desde unos pocos cientos de metros cuadrados hasta los más de 10.000 m2 de superficie que tienen algunos de ellos (Loma del Roblar, Castilluelo de Villardecastillo IX. La funcionalidad de los mismos parece ser variable: algunos parecen corresponder a importantes núcleos de población, vinculados a la explotación concreta de un recurso (el hierro en la Loma del Roblar) o de un territorio (las Hoyas de Villarcastillo-Presqueras en el de Castilluelo de Villardecastillo IX), asentados en posiciones con serias limitaciones defensivas; otros podrían ser pequeños hábitats agropecuarios (Castilluelo de Villarcastillo VI, Las Torrazas II, Santa Bárbara Norte I, diversos asentamientos situados en Villarroya y en Valderrigüel, etc.), localizados a media o baja ladera, cerca de tierras de labor, pero sin llegar a invadirlas.
Hay emplazamientos que parecen estar destinados a la defensa (y/o coerción) del grupo o como residencia de grupos o personas que requerían una especial protección Valderrigüel I, Santa Bárbara Oeste I, Castilluelo de Villardecastillo I), situados en puntos estratégicos (estrechos o “puertas”, puntos elevados con buena visibilidad, etc.) fácilmente defendibles; otros núcleos defensivos/coercitivos carecen de espacio para hábitat, salvo que éste sea muy restringido (Valderrigüel II).
Hay yacimientos vinculados a la metalurgia del hierro (hornos de Villardecastillo y Loma del Roblar/Santa Bárbara). Por último, también se ha detectado la presencia de una necrópolis tubular, sita en un término vecino. Resulta sorprendente la elevada complejidad que alcanza la organización de los grupos humanos establecidos en Molinos durante la Primera Edad del Hierro si se comparan los recursos agrarios o la capacidad ganadera de este territorio con los de otras áreas más fértiles y aparentemente menos pobladas. Hay que buscar, pues, otros motivos que expliquen tan espectacular desarrollo en un margen de tiempo tan corto. Una de las causas que parece más factible es la presencia de pequeños filones de hierro de gran pureza, que pudo suponer un elemento de atracción en un momento en el que la tecnología solo podría procesar el mineral que reuniese las condiciones más favorables. A ello habría que añadir su excelente ubicación respecto a las influencias protocoloniales costeras; aunque el contacto con las mismas no se ha comprobado que fuera directo, su posición sería buena como zona intermedia entre los territorios indígenas con claras muestras de impacto protocolonial y el interior, especialmente en lo referido a la tecnología del hierro. Hay que tener en cuenta que este fenómeno no es privativo de Molinos, es parcialmente generalizable a otras áreas del Bajo Aragón.
La tupida red de hábitat es el reflejo de una economía y una sociedad compleja y desarrollada, donde las funciones de cada grupo comenzarán a estar bien delimitadas. Al contrario que en periodos anteriores, en los cuales cada comunidad (poblado o pequeño conjunto de ellos) debía de funcionar de forma autosuficiente, con un nivel de intercambio que difícilmente se le puede aplicar el término de “comercio”, en estos momentos el nivel de jerarquización alcanza cotas considerables. A pesar de que debió de existir una cierta tendencia a la subsistencia por parte de los pequeños asentamientos agrarios, la necesidad de crear excedentes alimentarios para el suministro de los asentamientos especializados (minero-metalúrgicos, defensivo-coercitivos, etc.) y, seguramente, para los grupos que detentaban el poder, obligará a incrementar notablemente la producción de los mismos muy por encima de sus propias necesidades básicas.
Ese incremento solo podrá efectuarse a partir de dos vías:
– Mejoras técnicas en la explotación (que permitan un incremento en la ratio productiva por asentamiento)
– Incremento de los espacios explotados.
Esta última opción también requiere mejoras tecnológicas, que permitan ocupar los suelos más desfavorecidos.
Pero esta expansión conlleva, en cualquier caso, unos elevados costes ecológicos. A pesar de que seguramente se conseguirían notables mejoras en la producción de las tierras tradicionalmente explotadas, debió de ser necesario roturar tierras marginales.
Estas últimas habrían sufrido en momentos anteriores una escasa acción antrópica (caza y recolección) o un impacto puntualmente intenso pero con un largo periodo de recuperación, (p.ejemp., una roturación con fuego y un período de explotación muy corto).
También es previsible que las tierras explotadas más asiduamente en las fases anteriores empezasen a presentar los primeros signos de agotamiento, dada la fragilidad de los suelos y el escaso aporte orgánico (aunque, seguramente, el abono del ganado paliase en parte este problema). A los efectos generados por la agricultura y la ganadería habría que añadirle los derivados de la explotación minera y metalúrgica, de la construcción de los asentamientos y las propias necesidades caloríficas de la población, que implicarían una mayor presión sobre el esquilmado bosque. Esta ruptura del equilibrio ecológico y/o la derivada del posterior abandono queda patente en numerosos puntos del término, especialmente en las suaves lomas que delimitan las pequeñas hoyas del sector noroccidental.
En la parte superior de las mismas aflora de forma casi continua la cantera caliza, mientras que en los perfiles existentes en la ladera baja se aprecian niveles intermedios de piedras con cerámicas del Hierro I. Estos últimos parecen estar vinculados a intensos procesos erosivos que arrasarían el frágil suelo existente en las cumbres, llegando incluso a movilizar los elementos gruesos del mismo y a desplazarlos ladera abajo; la lentitud de los procesos edafogenéticos sobre las calizas genera una reposición de los suelos perdidos a muy largo plazo (miles de años); por otra parte, la movilización del horizonte C (degradación de la roca madre) implica la intrusión de material grosero en la ladera media y baja y en los fondos de valle o depresión, dificultando las posteriores prácticas agrícolas. Esta misma situación también se puede observar en los relieves que delimitan la vega del Guadalopillo, pero el sustrato arcilloso que los componen posibilitan una regeneración del suelo relativamente rápida.
A los procesos erosivos y de degradación del suelo habría que añadirles los problemas derivados de la pérdida y alteración de los restantes recursos (caza, recolección) y capacidades asociadas (regulación hídrica,…). También se incrementarían algunos problemas, como los que incidirían sobre productos almacenados, que en fases anteriores pudieron ser más puntuales. En ese sentido hay que destacar la detección de las primeras plagas de coleópteros en granos de trigo almacenados en el Cabezo de Siriguarach (Alcañiz). Este complejo entramado se quiebra en un momento que comenzaría a finales del siglo VI a.C., coincidiendo con la aparición de las primeras producciones de cerámica a torno procedentes del área costera. El colapso será tan importante que desaparecerán la práctica totalidad de los asentamientos.
Esta crisis no solo afectará al territorio de Molinos, ya que se ha detectado su presencia en la Depresión del Ebro y en buena parte de la Península Ibérica. Uno de los testimonios más evidentes de la misma será la desaparición del estado tartésico hacia el 525 a. de J. C.
Paralelamente se registrará un inicio de un período de grandes conflictos en el Mediterráneo y en Europa Central, por lo que la crisis del Hierro I en Molinos debe considerarse como inserta en un período de convulsiones generalizadas.
Esta brusca ruptura implicará un nuevo impacto ecológico, al romperse la precaria situación de equilibrio que se establecería durante el Hierro I. No obstante, la disminución de la presión antrópica sobre el medio debió de tener, a medio plazo, consecuencias positivas, al suponer una regeneración parcial del mismo.

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